Vivimos rodeados de asistentes virtuales, altavoces inteligentes y chatbots que nos responden con sorprendente naturalidad. Y con esta nueva convivencia surge una pregunta que, aunque suene absurda, está generando debates reales: ¿deberíamos ser educados con una máquina?
Muchos padres se preguntan si es correcto enseñar a sus hijos a decir «por favor» a Alexa. Profesores y psicólogos se cuestionan si hablar de forma brusca a la inteligencia artificial puede afectar negativamente nuestras relaciones humanas. Y hasta Sam Altman, CEO de OpenAI, ha opinado al respecto.
Lo que parece una curiosidad se ha convertido en una reflexión sobre tecnología, lenguaje y humanidad. Vamos a profundizar.
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ToggleEl coste (real y simbólico) de ser amables con la IA
Decir «por favor» o «gracias» es un gesto automático. Lo hacemos a diario con otras personas, lo enseñamos desde pequeños y lo usamos casi sin pensar. Pero, ¿tiene sentido extender esa cortesía a una máquina que ni siente ni entiende el respeto como nosotros?
La duda pasó de lo filosófico a lo práctico cuando alguien le preguntó a Sam Altman en X (antes Twitter) si OpenAI perdía dinero por culpa de los usuarios que escribían palabras extra como «gracias». Su respuesta: «Decenas de millones de dólares bien gastados. Nunca se sabe.»
Una ironía que abrió un debate mayor: ¿cuánto cuesta realmente ser educados con una máquina?
El coste por palabra: tokens y energía
Los modelos de lenguaje como ChatGPT trabajan con tokens, unidades que representan fragmentos de texto. Cada palabra que añadimos, incluso de cortesía, aumenta el uso de tokens… y, por tanto, los recursos necesarios.
Según estimaciones, escribir «gracias» puede costar unos 0,0000015 dólares por interacción. ¿Es mucho? No. Pero multiplicado por millones de usuarios diarios, supone unos 400 dólares al día o más de 140.000 dólares al año.
Aun así, sigue siendo una cantidad mínima comparada con los 140 millones de dólares anuales que OpenAI destina al consumo energético de sus centros de datos.
Conclusión: el precio de la buena educación digital es insignificante en lo económico, pero importante en lo cultural.
El impacto oculto: cada palabra consume recursos
Nada de lo que hacemos online es realmente «gratis». Cada búsqueda, cada mensaje, cada comando que damos a una IA tiene un coste físico: electricidad, hardware, refrigeración, agua…
La IA generativa, por su parte, multiplica ese impacto.
Datos que ponen los pelos de punta:
El entrenamiento de GPT-3 consumió 1.287 MWh de electricidad y generó más de 550 toneladas de CO₂ (MIT Technology Review).
La Agencia Internacional de la Energía (IEA) estima que el consumo eléctrico de los centros de datos podría duplicarse a 945 TWh anuales en 2030, casi como todo Japón.
Solo en Estados Unidos, los centros de datos ya consumen más del 4 % de la electricidad nacional, y se espera que lleguen al 12 % en 2028.
Así que sí: cada palabra extra —aunque sea cortés— añade carga a una infraestructura energética ya sobrecargada.
¿Vale la pena?
Desde una lógica puramente eficiente, quizá no. Pero el problema es que, si reducimos el lenguaje humano al mínimo necesario por razones técnicas, podríamos perder mucho más que electricidad: podríamos perder humanidad.
El lenguaje no es neutro: moldea cómo nos relacionamos
Las palabras importan. Y mucho.
No solo comunican información: construyen vínculos, marcan el tono y reflejan valores. Decir «por favor» o «gracias» no es para beneficio de la máquina, sino para recordarnos a nosotros mismos cómo queremos convivir.
Un ejemplo cotidiano: los niños y Alexa
Muchos padres se preguntan si deben exigir cortesía con los asistentes virtuales. La respuesta no está en si Alexa se «ofende», sino en que, si los niños se acostumbran a hablar de forma brusca a una IA, pueden replicar ese tono en sus interacciones reales.
Además, no olvidemos que las IA también aprenden de nosotros. Si millones de personas usan un lenguaje hostil o seco, eso puede influir en futuros entrenamientos y respuestas.
¿Queremos que las inteligencias artificiales sean educadas y empáticas? Entonces tenemos que hablarles así.
Cultura, IA y formas de hablar: no todos usamos el mismo lenguaje
La cortesía no es universal ni homogénea. Lo que para una cultura es básico, para otra puede ser innecesario.
El caso japonés
En Japón, incluso los contestadores automáticos y sistemas robóticos usan lenguaje formal y respetuoso. Esta práctica cultural se ha trasladado también al diseño de sistemas de IA.
En contraste, en países hispanohablantes o anglosajones, especialmente en contextos digitales, tendemos al lenguaje directo y funcional, a menudo sin fórmulas de cortesía.
Pero si la IA se convierte en nuestro interlocutor más frecuente, puede acabar condicionando nuestro estilo de comunicación. ¿Queremos vivir en una sociedad donde hablar como si fuéramos comandos de texto sea lo normal?
Reflexión final: lo que perdemos cuando dejamos de ser amables
Lo que empezó como una broma en redes sociales nos lleva a una conclusión seria: cada palabra que escribimos tiene un coste. Económico, ecológico y emocional.
Sí, podemos ahorrar tokens y energía recortando cada «por favor». Pero, a cambio, ¿cuánto valor humano estamos dispuestos a perder?
El lenguaje educado no es un adorno inútil: es un pegamento social. Nos recuerda que, aunque interactuemos con máquinas, seguimos siendo humanos. Y como tales, necesitamos ritos, gestos y normas que nos conecten.
En resumen
Ser educados con una máquina tiene un coste, pero es mínimo comparado con su valor cultural y humano.
Las interacciones con IA también afectan al entrenamiento futuro del modelo y a nuestra forma de comunicarnos.
Reducir el lenguaje por eficiencia puede parecer lógico, pero implica un empobrecimiento relacional.
La cortesía, aunque la IA no la necesite, nos ayuda a preservar lo que nos hace humanos.
¿Y tú qué opinas?
¿Crees que debemos enseñar a nuestros hijos a ser educados con la IA? ¿Has notado que hablas diferente con una máquina que con una persona? ¿Vale la pena decir «gracias» a ChatGPT?
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Porque, al final, la inteligencia artificial puede ser muy lista… pero nosotros decidimos qué clase de humanidad queremos conservar.

Abogada especializada en Inteligencia Artificial. Profesora externa de IA en ENAE. Speaker. CEO Fundadora de academiadeia.es, legalprompt.es, fenixcomunicación.es, murciaunica.com y la revista digital para «Nostálgicos de mentes inquietas» generacionfenix.com.
